De repente lo vio y la sangre se le congel贸 en las venas. La rec贸ndita ciudad asi谩tica en la que se encontraba para comprar car铆simos muebles ex贸ticos era el 煤nico lugar del mundo donde jam谩s habr铆a sospechado encontrar aquel trozo de su vida perdido durante su infancia.
Sin embargo, all铆 estaba, en el rinc贸n de una peque帽a estancia decorada en estilo feng shui en aquella extra帽a exposici贸n internacional de interiores minimalistas de ensue帽o a la que hab铆a acudido a 煤ltima hora m谩s por salir de la rutina que por inter茅s en el potencial mobiliario susceptible de una inversi贸n de su capital.
No lo dud贸 ni un instante. Avanz贸 un paso e hizo la pregunta en voz extremadamente alta. ¿Cu谩nto piden por 茅l? No est谩 en venta, se帽or. Sac贸 su cartera pausadamente y coloc贸 un tal贸n en blanco sobre una c贸moda art d茅co de madera de coco encima de la cual posaba sonriente una bailarina de D茅gas. Ponga usted la cantidad que considere oportuna. No escatimar茅 un solo c茅ntimo.
A su espalda se escucharon unos pasos seguidos de una voz femenina. Ya lo ha o铆do: el sill贸n Pierrot no est谩 en venta. Es una pieza 煤nica en el mundo. Sospecho que lo sabe.
Claro que lo sab铆a. Aquel sill贸n de 茅poca que hab铆a sido restaurado en colores chillones y recortes de diferentes tapices, hab铆a pertenecido siempre a su familia. Su actual estilo na茂f le daba un aire ingenuo y moderno pero el dise帽o de su estructura delataba la dilatada vida de aquel exquisito mueble. ¿Qu茅 era aquello tan especial que le hac铆a ser una codiciada pieza de coleccionista? Una sola cosa: incrustada en su brazo izquierdo continuaba intacta la carta que 茅l mismo escribi贸 a su madre poco despu茅s de que falleciera en aquel fat铆dico accidente. Se acerc贸, cerr贸 los ojos y recre贸 p谩rrafo a p谩rrafo el contenido de aquella p谩gina.
Querida mam谩:
S茅 que all谩 donde est茅s es un sitio muy cerca de mi coraz贸n. Te escribo esta carta sentado en tu sill贸n favorito; s铆, ese en el que t煤 te recostabas cada mediod铆a en primavera para disfrutar de los rayos de sol que se colaban por la ventana. Tu refugio de pensar, lo llamabas. Ahora es el m铆o.
El brazo izquierdo sigue estando roto. Nunca pens茅 que la lupa del abuelo pudiera quemar esta tela picassiana tan bonita.
Ya nadie se sienta en 茅l. Solo yo. Los abuelos van a venderlo. No soportan mirarlo y no verte acomodada en 茅l. Por eso hoy me despido un poco de ti, porque esta tarde va a venir una se帽ora que es anticuaria y se lo va a llevar. Pero no te preocupes, te prometo que cuando sea mayor dedicar茅 todo mi tiempo a buscarlo. Hasta entonces, dejo esta carta tapando el agujero, para que cuando te asomes a 茅l, puedas leerla.
Te quiero, mam谩.
El sill贸n Pierrot - 脕ngel Luis L贸pez P茅rez
La letra era infantil pero clara y de trazos rotundos. Se le humedecieron los ojos. La voz de la mujer le hizo mover la cabeza hacia un lado y, al hacerlo, las l谩grimas que recorr铆an sus mejillas cayeron sobre la hoja amarillenta. Las palabras se volvieron borrosas de repente y un riachuelo de tinta comenz贸 a desbordarse por la tela hasta dejar el sill贸n en el tapiz original en el que fue concebido.
¡Nooooo! – grit贸 la mujer. - ¡Otra vez nooooo!
Un silencio inc贸modo se col贸 en la estancia. La anticuaria alarg贸 su mano huesuda y llena de anillos hasta la c贸moda, recogi贸 el tal贸n y, con gesto cansino, lo rompi贸 en pedazos. Despu茅s, sac贸 un sobre de su bolso y lo coloc贸 donde antes hab铆a reposado aquel cheque que val铆a media vida.
Sin apenas mirar al desconocido, comenz贸 a alejarse lentamente, abandon谩ndose al murmullo que brot贸 de su garganta como sin querer: “Desde que lo compr茅, este siempre ha sido un mueble con vida propia. En el sobre encontrar谩 las instrucciones de uso. El sill贸n es suyo, se帽or”.
