14 de febrero de 2026

El bosque de la noche

En el cuatro brillaron sus estrellas.

En minutos sus ojos fueron brisa.

De sus labios surgían dulces risas

y en el seis, todas eran horas bellas.


El ocho apareció con mucha prisa

por verse cara a cara cual centella,

y aunarse juntos en la luna aquella

en llamas que abrasaban muy deprisa.


El dieciocho acudió por fin a ella,

mirándola llegar con su sonrisa,

y anhelando su boca de grosella. 


El veinte, unas palabras muy precisas

unieron sus miradas y sus huellas.

Y allí, en ese infinito, se improvisan.


Madrid,14 de febrero de 2026



12 de febrero de 2026

Mamá

 23/03/1939 - 11/02/2023

No sé por qué, pero desde que nos dejó mi padre, nunca contemplé la posibilidad de perder a mi madre tan poco tiempo después de irse él. Ni se me pasó por la cabeza, a pesar de tener ella una cierta edad en la que, desde luego, era más que posible (83 años no me parecían a mí muchos, la verdad, pero no soy objetiva en eso). Creo que pensaba que mi madre sería eterna. 60 años casada con mi padre daban para mucho y con su muerte se fueron sus ganas de vivir. Ese fue el principio de su final. 

Pero la vida igual que te da, te quita. Y también me quitó a mi madre, esa mujer sencilla a la que todo el mundo adoraba; esa amiga que supo conservar a sus amigas de juventud hasta el final; esa vecina dispuesta siempre a ayudar en lo que se necesitase; esa hermana a la que todos acudían para contarle sus cosas (confidentes se decían entre ellos); esa hija a la que sus padres siempre llamaban la primera y en quien confiaban con los ojos cerrados; esa nuera que fue una hija más para mis abuelos paternos; esa cuñada que decían mis tíos que era una hermana más para ellos; esa tía a la que todos sus sobrinos querían; esa bisabuela que tenía pasión por su biznieta, que la adoraba; esa abuela que amaba con locura a sus nietos; esa esposa que cuidó de mi padre en momentos muy difíciles haciendo de ello su modo de vida y esa madre que me dio, además de la vida, su vida. Esa era mi madre. 

Y ya hace tres años que no está y sigo sintiendo dolor. Se fue sin apenas darme cuenta. Y a mí, todavía hoy, no me consuela que dejara de sufrir su último mes de vida, porque no debería haber sufrido; y no me consuela que fuera ley de vida que muriese, porque todavía me hacía mucha falta; y no me consuela no poder hacer yo de madre y ella de hija para poder cuidarla más tiempo; y no me consuela porque me quedé huérfana, y no me consuela porque perdí la otra mis raíces, aunque tenga los pies bien arraigados en ellas. Llegará el día del consuelo, lo sé, pero hoy, desde luego, todavía no es ese ese día.

Me reconforta y me da mucha paz haber estado junto a ella en el momento en que se fue, con su mano entre las mías. Me abrumaron tantas muestras de cariño que recibí de todo el mundo. Realmente, me madre se lo merecía y seguir escuchando tantas cosas bonitas suyas en boca de tanta gente, me enorgullece mucho y me hace muy feliz, porque sé que también la siguen recordando y eso se lo ganó siendo para todos menos para ella.

Dicen que solo mueren aquellos a quienes se olvida, pero yo sé que mi madre vivirá siempre en mi corazón. Y en el de mi hijo. Y en el de mi nieta, porque ahí estaré yo para recordarla. 

Gracias, gracias y mil veces gracias a todos los que la conocisteis y la seguís queriendo y recordando y a quienes, sin conocerla, estuvisteis siempre  pendientes tanto de ella como de mí. 

Allá donde esté, ya con mi padre, solo le pido que nos siga cuidando a mi pequeña familia y a mí.

Te quiero con el alma, mamá. Cada día que pasa, más. ❤️