En el cuatro brillaron sus estrellas.
En minutos sus ojos fueron brisa.
De sus labios surgían dulces risas
y en el seis, todas eran horas bellas.
El ocho apareció con mucha prisa
por verse cara a cara cual centella,
y aunarse juntos en la luna aquella
en llamas que abrasaban muy deprisa.
El dieciocho acudió por fin a ella,
mirándola llegar con su sonrisa,
y anhelando su boca de grosella.
El veinte, unas palabras muy precisas
unieron sus miradas y sus huellas.
Y allí, en ese infinito, se improvisan.
Madrid,14 de febrero de 2026

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