MI INFANCIA CON MI HERMANA
Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, vivíamos en el barrio de Las Delicias, en Valladolid, un barrio nuevo en construcción en aquellos años sesenta que era, fundamentalmente, obrero. Allí fuimos también al colegio, que estaba en la misma calle en la que vivíamos, que primero se llamó calle Ávila y después calle del Aaiún. En una calle paralela a la nuestra vivían mis abuelos maternos, a los que veíamos prácticamente a diario. A veces nos íbamos a su casa por la tarde para no estar solas en la nuestra y, otras veces, era mi abuelo Félix el que se iba a la nuestra a cuidarnos hasta que llegaban mis padres de trabajar.
Por aquel entonces, los niños bajaban a la calle a jugar, mientras merendaban. A nosotras no nos dejaban si no estábamos con algún adulto. Mis padres tenían miedo de que nos pasara algo. Cuando nació la pequeña, yo ya tenía casi catorce años y nos trasladamos a una casa más céntrica y más grande, lejos de nuestro primer hogar, aunque yo continué yendo a mi antiguo barrio a ver a mis abuelos los fines de semana, durante cinco años más, hasta que murieron. Hacía mucho que no iba por allí, pero por lo que me habían contado, el barrio había cambiado mucho y no para bien. Hace casi tres años pude comprobarlo cuando pasaba por allí para ir al hospital donde falleció mi madre cuando no iba en coche, sino en autobús. Me dio pena verlo así porque durante mi infancia las calles estaban llenas de gente joven y niños que envolvían todo con su alegría y su alboroto.
Nuestra casa tenía dos habitaciones, un salón-comedor, una cocina y un baño. La casa era cuadrada y no había en ella un centímetro desperdiciado. Lo único pequeño era el balcón, que tenía el tamaño de una cabina telefónica de las de entonces. A mí me encantaba. Ahora sería un apartamento precioso. Todas las estancias eran grandes y la cocina daba a un patio de vecinos de esos que al final acababan convirtiéndose en casi familia y con los que mis padres nunca perdieron el contacto mientras vivieron. Tampoco yo, y más cuando pasé tanto tiempo en Valladolid con mis padres. A día de hoy, sigo hablando con los que viven aún y me tratan con tanto cariño que no puedo más que estar muy agradecida.
En aquel patio de vecinos, un día de verano, alguien tiró, o se le cayó, un bote de medicinas. A mí también se me había caído una pala que sujetaba la persiana para que no entrara calor y bajé a por ella. En el suelo vi aquellas pastillas redondas amarillas, que a mí me parecieron caramelitos de limón y me los subí a casa. En esos días, mis padres estaban pintando la casa y mi madre nos acostó la siesta a mi hermana y a mí en su cama. Yo saqué los caramelos y, por cada uno que le daba a ella (sería porque era pequeña), yo comía dos. En un momento dado nos empezó a salir un sarpullido feo en el cuerpo que picaba mucho y mi hermana comenzó a llorar. Entonces, yo me levanté, cogí una pomada de la caja de medicinas que mi madre guardaba en un altillo del armario, que a saber para qué era, y nos frotamos bien las dos las piernas, la barriga y los brazos. Aquello empeoró bastante más, así que no me quedó más remedio que ir a buscar a mi madre, que casi se cae al suelo desde la escalera, del susto, cuando nos vio de aquella guisa. Conclusión: llamó a mi padre, y nos llevaron directas a hacer lavado de estómago. Puede parecer mentira, pero recuerdo con total lucidez toda la secuencia como si hubiese ocurrido ayer.
Nuestra habitación, que nuestros padres pintaron de azul, saltándose el tópico del rosa de las niñas, con dibujos dorados que brillaban, aunque aquí no se puede apreciar, era nuestro refugio. Nos acompañan Bambi y la muñeca azafata, que no recuerdo si era suya o mía. Mis padres nos pusieron camas de 105 cm, pues decían que las otras eran muy pequeñas y no se dormía bien. Mi padre siempre fue de esos de burro grande, ande o no ande. Y todo de lo mejor.
Desconozco los motivos, pero mi madre a mí me llevaba con el pelo hasta la cintura (con los consiguientes ayes qué suponía desenredarlo), con mi flequillo y casi siempre trenzado (a mi madre no le gustaban las coletas), y mi hermana siempre iba con el pelo corto, pero corto, corto. Cosas de madres. La ropa siempre nos la compraban en una tienda para niños de la calle Santiago, o nos la hacía una modista, al gusto de mi madre, que era siempre exquisito. Había veces que nos compraba vesridos o faldas del mismo modelo, pero siempre de distinto color, para que cuando heredara mi hermana la mía, al menos no fuese idéntica a la que ella había gastado. Con el tiempo se quejó, creo que con razón. Si hubiera sido al revés, seguro que yo habría montado algún pollo...
Ver esta foto hoy me ha traído todos estos recuerdos. Mi hermana era muy buenecita y yo un terremoto. Cuando jugábamos, yo mandaba: si yo era la maestra, ella la alumna; si yo era la vendedora, ella la que compraba... También es verdad que en el colegio también yo era la hermana salvadora a la que acudía si alguien se metía con ella. A que llamo a mi hermana, decía... A saber qué pensarían las otras niñas de mí...
Es curioso, pero cuando me presentaba a alguien, siempre decía “esta es mi hermana, la mayor...”. ¡Qué cosas!
Ahora este recuerdo ya no podrá ser nunca completo. Tampoco quiero, aunque en soledad siempre me sale una sonrisa cuando miro hacia atrás... Sé que a mis padres les gustaría que yo no lo olvidase.
👧🏻🧒🏻

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