Acércate un poco, amor,
que muero de ganas
de asaltarte lento,
por tener mi piel
junto a tu piel pegada.
Acéchame pronto y con desvelo,
y ocupa mi corazón y mi alma,
para cubrirnos de miel y besos
en nuestras madrugadas.
Acércate un poco, amor,
y húndete en mi almohada.
Rózame, como sin querer,
con tus manos pálidas,
el remolino de mis aguas bravas
y méceme en tus olas
mientras arrasas mi playa.
Absórbeme los sordos quejidos
que arranques del fondo
de mi anegada garganta,
y bébeme cuando nuestros ojos
se fundan, y broten de ellos
mares infinitos de saladas lágrimas.
Acércate un poco, amor,
y pégate fuerte a mi espalda.
Acaríciame despacio
por el mapa de mi cuerpo,
sintiendo el rocío de mi brisa
mientras tus labios me inhalan
y ríegame de ríos y mares
con tu lengua cálida.
Piérdete en mis ojos negros
hasta asomar por la linde
de mi ahogo y de mi llama.
Acércate un poco, amor,
y cúbreme del ciclón de arena
que levantas a tu paso
cuando llegas y me abrazas,
y envuelve mi agitado cuerpo
que espera, rendido a ti,
con impetuosa ansia.
Refugia despacio en mi luna
tu llama encendida,
y haz añicos mi calma,
y conviérteme en fuego que abrase
muy lenta y profundamente,
tu impaciente marejada.
Acércate un poco, amor,
a nuestra cama
y abre, de par en par, las ventanas,
para que este apasionado sueño
muera de nuevo
con la luz del alba,
tras otra noche de pasión
y de saber que me amas,
y que adoras recorrer,
con las yemas de tus dedos,
las curvas afinadas de mi guitarra.
Y así, un amanecer tras otro,
comprobar, una vez más,
que es la ardiente sombra de tu ausencia
la que se enreda en mis piernas,
sobre las sábanas blancas.
Madrid, 25 de agosto de 2026
