Esos abrazos de viento
que me despeinan.
Las cuerdas de tu guitarra,
que me atormentan.
Y las yemas de tus dedos,
cuando te acercas.
Esos astros apagados
que en mí reflejas.
Esos labios entreabiertos
que susurran mis poemas;
y esos abrazos fingidos,
que de mi mapa te alejan.
Esas brasas de tu fuego
con que me riegas.
Esos ojos juguetones
que, a cada momento, acechan;
y mis soledades rotas
en esta boca sedienta.
Esa lejana distancia
que hiere si me tropieza.
Ese temor permanente,
como afiladas tijeras;
y esas lágrimas ausentes
que, sin tocar, me golpean.
Y en el vaivén del recuerdo,
al resplandor de mi hoguera,
desde mi muro liviano
te devuelvo tus cadenas.
Y en ese infinito cómplice
encarcelo esas mareas,
que de tus cenizas tibias
renacen verdes las hojas
de mi nueva primavera.
Madrid, 13 de octubre de 2026
