26 de marzo de 2026

Una gota de agua

Aparecía sin avisar, aunque ella anticipaba su llegada mientras miraba fijamente las lejanas estrellas. Asomaba a sus negros ojos cubriéndolos de una leve bruma, que oscurecía aun más su mirada llena de infinitos destellos de amor.

"Ya estás aquí, como cada noche de luna llena. Déjame vivir en este olvido sereno, lágrima".




14 de febrero de 2026

El bosque de la noche

En el cuatro brillaron sus estrellas.

En minutos sus ojos fueron brisa.

De sus labios surgían dulces risas

y en el seis, todas eran horas bellas.


El ocho apareció con mucha prisa

por verse cara a cara cual centella,

y aunarse juntos en la luna aquella

en llamas que abrasaban muy deprisa.


El dieciocho acudió por fin a ella,

mirándola llegar con su sonrisa,

y anhelando su boca de grosella. 


El veinte, unas palabras muy precisas

unieron sus miradas y sus huellas.

Y allí, en ese infinito, se improvisan.


Madrid,14 de febrero de 2026



12 de febrero de 2026

Mamá

 23/03/1939 - 11/02/2023

No sé por qué, pero desde que nos dejó mi padre, nunca contemplé la posibilidad de perder a mi madre tan poco tiempo después de irse él. Ni se me pasó por la cabeza, a pesar de tener ella una cierta edad en la que, desde luego, era más que posible (83 años no me parecían a mí muchos, la verdad, pero no soy objetiva en eso). Creo que pensaba que mi madre sería eterna. 60 años casada con mi padre daban para mucho y con su muerte se fueron sus ganas de vivir. Ese fue el principio de su final. 

Pero la vida igual que te da, te quita. Y también me quitó a mi madre, esa mujer sencilla a la que todo el mundo adoraba; esa amiga que supo conservar a sus amigas de juventud hasta el final; esa vecina dispuesta siempre a ayudar en lo que se necesitase; esa hermana a la que todos acudían para contarle sus cosas (confidentes se decían entre ellos); esa hija a la que sus padres siempre llamaban la primera y en quien confiaban con los ojos cerrados; esa nuera que fue una hija más para mis abuelos paternos; esa cuñada que decían mis tíos que era una hermana más para ellos; esa tía a la que todos sus sobrinos querían; esa bisabuela que tenía pasión por su biznieta, que la adoraba; esa abuela que amaba con locura a sus nietos; esa esposa que cuidó de mi padre en momentos muy difíciles haciendo de ello su modo de vida y esa madre que me dio, además de la vida, su vida. Esa era mi madre. 

Y ya hace tres años que no está y sigo sintiendo dolor. Se fue sin apenas darme cuenta. Y a mí, todavía hoy, no me consuela que dejara de sufrir su último mes de vida, porque no debería haber sufrido; y no me consuela que fuera ley de vida que muriese, porque todavía me hacía mucha falta; y no me consuela no poder hacer yo de madre y ella de hija para poder cuidarla más tiempo; y no me consuela porque me quedé huérfana, y no me consuela porque perdí la otra mis raíces, aunque tenga los pies bien arraigados en ellas. Llegará el día del consuelo, lo sé, pero hoy, desde luego, todavía no es ese ese día.

Me reconforta y me da mucha paz haber estado junto a ella en el momento en que se fue, con su mano entre las mías. Me abrumaron tantas muestras de cariño que recibí de todo el mundo. Realmente, me madre se lo merecía y seguir escuchando tantas cosas bonitas suyas en boca de tanta gente, me enorgullece mucho y me hace muy feliz, porque sé que también la siguen recordando y eso se lo ganó siendo para todos menos para ella.

Dicen que solo mueren aquellos a quienes se olvida, pero yo sé que mi madre vivirá siempre en mi corazón. Y en el de mi hijo. Y en el de mi nieta, porque ahí estaré yo para recordarla. 

Gracias, gracias y mil veces gracias a todos los que la conocisteis y la seguís queriendo y recordando y a quienes, sin conocerla, estuvisteis siempre  pendientes tanto de ella como de mí. 

Allá donde esté, ya con mi padre, solo le pido que nos siga cuidando a mi pequeña familia y a mí.

Te quiero con el alma, mamá. Cada día que pasa, más. ❤️

31 de enero de 2026

Lo que no fue

Un frío día de enero

el mundo abrió mi ventana.

Inundó de luz mi vida

y llenó de paz mi casa.

Coloreó mis silencios.

Hizo del hielo una llama

y me arrancó una sonrisa

oculta en la pena de mi alma.

Las noches brillaban días;

primaveras, mis mañanas,

y de mis dedos salían

caricias de espuma blanca.

Desperezaste mis ojos.

Mis tormentas amansabas,

mientras tu boca mecían

abrazos que me abrazaban.

Tu aire fue abanicando

mis suspiros en la almohada

y en cada quejido mío

volvías ríos el agua.

Y así cada amanecer

mi locura desbocabas

en huracanes y vientos

de amor cada madrugada.

Te llevabas mis tormentos.

Mis amarguras matabas,

y naciste en mí una vida

sonriente, bella, calmada.

Y aunque sé que tú no existes,

palabras de amor me cantas,

que para saberte mío

mi imaginación me basta.


Madrid, 31 de enero de 2026



16 de diciembre de 2025

Preguntas para un cobarde.

 ¿Era necesario

jugar con mis sentimientos

causándome tanto daño?

¿Qué ruido habitaba en tu cabeza

para que tu voz callara,

mientras yo estaba esperando 

que aquello se terminara?


¿Era inevitable

destrozarme tantos días

hasta que te señalé la puerta 

para que de mí te alejaras?

Me mataron tu cobardía, tu egoísmo, 

tu inseguridad, tu orgullo...

Y me dio pena ver en tus ojos

tantos y tantos traumas.


¿Era obligatorio 

atestar esa puñalada

cuando yo ya sabía todo?

¿Qué pensabas mientras me herías?

¿Alimentar más mi angustia

echando hielo en mi alma?

¿No bastó con humillarme

dentro de mi propia casa?


¿Era imprescindible

que me rompieras entera 

en miles de cachitos

cuando ya no te interesaba?

Yo los fui recogiendo uno a uno.

Tú, huiste, con la cabeza bien baja.

Hasta en eso fuiste miserable.

Yo soy corazón y fuerza. 

Tú, tú no vales nada.


¿Era indispensable

matarme con tu silencio

negándome la palabra?

¿No merecía que, 

tú que tanto me llamaste amor,

al menos, una vez, me hablaras?

En eso también fallaste,

ni siquiera como hombre,

sino como ser humano,

hiriéndome mientras ya sufría,

cuando tú me despreciabas.


Y, fingí muchas sonrisas,

mientras moría por dentro,

y, entendí que no me mereces.

Que ES NECESARIO 

olvidar que existes

para no seguir viendo tu caída

porque duele verte sin rumbo.

Que ES INEVITABLE

enterrarte en un lugar del mundo

donde nunca pase nada,

como en tu cabeza enferma

llena de barro y de tinta usada.

Que ES OBLIGATORIO 

recordar tus traumas y tus miedos,

esos que en tu espalda cargas,

de los que eres prisionero

y tú no les plantas cara.

Que ES IMPRESCINDIBLE

hundirte en un océano

de turbias olas

con tu pie amarrado a un ancla,

para que nunca utilices

a otra mujer,

para probar si esa soledad que quieres

es la que te hace falta.


Pero, sobre todo,

busqué pasar página.

Cerrar bien tu libro y enterrarlo

en un túnel negro 

de historias abandonadas,

donde no dejen rastro

ni siquiera tus pisadas.


Y, a pesar de todo, ¿sabes qué?

Pensando también pensé

que no me arrepiento de nada:

ni de haberte amado,

ni de haberte dado todo lo que soy

y lo que tengo,

porque a ti un amor verdadero,

te hacía mucha, pero mucha falta.




14 de diciembre de 2025

Recuerdos incompletos

 MI INFANCIA CON MI HERMANA


Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, vivíamos en el barrio de Las Delicias, en Valladolid, un barrio nuevo en construcción en aquellos años sesenta que era, fundamentalmente, obrero. Allí fuimos también al colegio, que estaba en la misma calle en la que vivíamos, que primero se llamó calle Ávila y después calle del Aaiún. En una calle paralela a la nuestra vivían mis abuelos maternos, a los que veíamos prácticamente a diario. A veces nos íbamos a su casa por la tarde para no estar solas en la nuestra y, otras veces, era mi abuelo Félix el que se iba a la nuestra a cuidarnos hasta que llegaban mis padres de trabajar.

Por aquel entonces, los niños bajaban a la calle a jugar, mientras merendaban. A nosotras no nos dejaban si no estábamos con algún adulto. Mis padres tenían miedo de que nos pasara algo. Cuando nació la pequeña, yo ya tenía casi catorce años y nos trasladamos a una casa más céntrica y más grande, lejos de nuestro primer hogar, aunque yo continué yendo a mi antiguo barrio a ver a mis abuelos los fines de semana, durante cinco años más, hasta que murieron. Hacía mucho que no iba por allí, pero por lo que me habían contado, el barrio había cambiado mucho y no para bien. Hace casi tres años pude comprobarlo cuando pasaba por allí para ir al hospital donde falleció mi madre cuando no iba en coche, sino en autobús. Me dio pena verlo así porque durante mi infancia las calles estaban llenas de gente joven y niños que envolvían todo con su alegría y su alboroto.

Nuestra casa tenía dos habitaciones, un salón-comedor, una cocina y un baño. La casa era cuadrada y no había en ella un centímetro desperdiciado. Lo único pequeño era el balcón, que tenía el tamaño de una cabina telefónica de las de entonces. A mí me encantaba. Ahora sería un apartamento precioso. Todas las estancias eran grandes y la cocina daba a un patio de vecinos de esos que al final acababan convirtiéndose en casi familia y con los que mis padres nunca perdieron el contacto mientras vivieron. Tampoco yo, y más cuando pasé tanto tiempo en Valladolid con mis padres. A día de hoy, sigo hablando con los que viven aún y me tratan con tanto cariño que no puedo más que estar muy agradecida.

En aquel patio de vecinos, un día de verano, alguien tiró, o se le cayó, un bote de medicinas. A mí también se me había caído una pala que sujetaba la persiana para que no entrara calor y bajé a por ella. En el suelo vi aquellas pastillas redondas amarillas, que a mí me parecieron caramelitos de limón y me los subí a casa. En esos días, mis padres estaban pintando la casa y mi madre nos acostó la siesta a mi hermana y a mí en su cama. Yo saqué los caramelos y, por cada uno que le daba a ella (sería porque era pequeña), yo comía dos. En un momento dado nos empezó a salir un sarpullido feo en el cuerpo que picaba mucho y mi hermana comenzó a llorar. Entonces, yo me levanté, cogí una pomada de la caja de medicinas que mi madre guardaba en un altillo del armario, que a saber para qué era, y nos frotamos bien las dos las piernas, la barriga y los brazos. Aquello empeoró bastante más, así que no me quedó más remedio que ir a buscar a mi madre, que casi se cae al suelo desde la escalera, del susto, cuando nos vio de aquella guisa. Conclusión: llamó a mi padre, y nos llevaron directas a hacer lavado de estómago. Puede parecer mentira, pero recuerdo con total lucidez toda la secuencia como si hubiese ocurrido ayer.

Nuestra habitación, que nuestros padres pintaron de azul, saltándose el tópico del rosa de las niñas, con dibujos dorados que brillaban, aunque aquí no se puede apreciar, era nuestro refugio. Nos acompañan Bambi y la muñeca azafata, que no recuerdo si era suya o mía. Mis padres nos pusieron camas de 105 cm, pues decían que las otras eran muy pequeñas y no se dormía bien. Mi padre siempre fue de esos de burro grande, ande o no ande. Y todo de lo mejor. 

Desconozco los motivos, pero mi madre a mí me llevaba con el pelo hasta la cintura (con los consiguientes ayes qué suponía desenredarlo), con mi flequillo y casi siempre trenzado (a mi madre no le gustaban las coletas), y mi hermana siempre iba con el pelo corto, pero corto, corto. Cosas de madres. La ropa siempre nos la compraban en una tienda para niños de la calle Santiago, o nos la hacía una modista, al gusto de mi madre, que era siempre exquisito. Había veces que nos compraba vesridos o faldas del mismo modelo, pero siempre de distinto color, para que cuando heredara mi hermana la mía, al menos no fuese idéntica a la que ella había gastado. Con el tiempo se quejó, creo que con razón. Si hubiera sido al revés, seguro que yo habría montado algún pollo...

Ver esta foto hoy me ha traído todos estos recuerdos. Mi hermana era muy buenecita y yo un terremoto. Cuando jugábamos, yo mandaba: si yo era la maestra, ella la alumna; si yo era la vendedora, ella la que compraba... También es verdad que en el colegio también yo era la hermana salvadora a la que acudía si alguien se metía con ella. A que llamo a mi hermana, decía... A saber qué pensarían las otras niñas de mí...

Es curioso, pero cuando me presentaba a alguien, siempre decía “esta es mi hermana, la mayor...”. ¡Qué cosas! 

Ahora este recuerdo ya no podrá ser nunca completo. Tampoco quiero, aunque en soledad siempre me sale una sonrisa cuando miro hacia atrás... Sé que a mis padres les gustaría que yo no lo olvidase.


👧🏻🧒🏻

29 de noviembre de 2025

Noviembre

Hay ayeres malvados que te mueren,

a golpe de amarguras y caídas.

Olvida y abandona aquel presente

y sana para siempre aquella herida.


Pasa el tiempo y un día te sorprende

un espejo mostrando una sonrisa,

y otros ojos te miran nuevamente

llenando de ternura tus caricias.


Si un soplo de aire frío te eternece

y dejas que te envuelva su desidia

con su truco de magia te adormece.


Será tu corazón quien cada día

cuide la llama que prendió valiente

la candela del fuego de tu vida.


Madrid, 28 de noviembre de 2025

17 de julio de 2025

Mientras dormías.

Me navegas en tu barco cada día

mientras rompes oleajes en mi playa.

Nos miramos a los ojos incendiados

con el fuego abrasador de nuestros cuerpos,

comenzando el delirio de nuestra danza.

Arremetes, acaricias, besas miel,

y tus manos buscan en mi oasis,

la arena fina de mis dunas doradas.

Me desgranas, me suspiras, me ardes llamas,

con el tacto de tu aroma en mis oídos,

arrancando suaves quejidos en mi garganta

cuando bebo el gusto jugoso 

de tu alocada boca,

en el viento que me arrulla a cada instante, 

complaciente de ternura en nuestra cama.


Y cuando acaba una tormenta

otra nueva ya se ve en el horizonte.

Es tu nave la que surca las olas,

cadenciosa y serenamente,

hacia cada espacio de mi cuerpo y de mi alma.

Y se encuentran, una vez más, 

hechas fuego, tu piel y la mía,

desatando otra oleada de espuma compartida

en nuestro océano de algas enredadas.

Es cada una de las veces, amor, 

esa llama encendida

que prende, que ilumina y que da vida,

tu mirada mirando mi mirada.



11 de noviembre de 2024

¡Cómo va pasando el tiempo! Poema de juventud.

¡Cómo va pasando el tiempo!

Se escapa de entre mis manos.

Ayer no es ya sino historia.

Mañana pronto ha acabado.

Los minutos ya no existen.

Ni siquiera los nombramos.

¡Cómo va pasando el tiempo

mientras vivimos y amamos!

Pero cuando el sufrimiento

corta el camino trazado,

el reloj se para,

no corre,

no nos contagia su paso.

Y los días son eternos,

los segundos se hacen años

hasta que un día amanece

y se va de nuestro lado.

¡Cómo va pasando el tiempo

sin apenas cuenta darnos

y dejamos por vivir

mil historias que han volado!

Ya no volverán los días

que de juegos nos llenaron,

ni habrá ya un primer amor

que nos cobije en sus brazos.

Mas latiendo el corazón

no está todo terminado

y, aunque va pasando el tiempo,

no todo el tiempo ha pasado.


Valladolid, 1986.



8 de noviembre de 2024

Las historias escritas.

MICRORRELATO

Aquellas palabras, escritas con un amor sin medida, parieron una historia. Cuando tuvieron forma y estaban listas para entrar en el corazón de las personas, buscaron un lugar con un tejado firme para cubrirse de las inclemencias de los hombres y mujeres de cabeza hueca, pero el viento arrollador de unos bárbaros arrasó con todo. Con todo, menos con ellas, porque la historia que habían escrito vivían ya al cobijo de algunas mentes lúcidas que nunca las dejarían morir.