31 de enero de 2026

Lo que no fue

Un frío día de enero

el mundo abrió mi ventana.

Inundó de luz mi vida

y llenó de paz mi casa.

Coloreó mis silencios.

Hizo del hielo una llama

y me arrancó una sonrisa

oculta en la pena de mi alma.

Las noches brillaban días;

primaveras, mis mañanas,

y de mis dedos salían

caricias de espuma blanca.

Desperezaste mis ojos.

Mis tormentas amansabas,

mientras tu boca mecían

abrazos que te abrazaban.

Tu aire fue abanicando

mis suspiros en la almohada

y en cada quejido mío

volvías ríos el agua.

Y así cada amanecer

mi locura desbocabas

en huracanes y vientos

de amor cada madrugada.

Te llevabas mis tormentos.

Mis amarguras matabas,

y naciste en mí una vida

sonriente, bella, calmada.

Y aunque sé que tú no existes,

palabras de amor me cantas,

que para saberte mío

mi imaginación me basta.


Madrid, 31 de enero de 2926



16 de diciembre de 2025

Preguntas para un cobarde.

 ¿Era necesario

jugar con mis sentimientos

causándome tanto daño?

¿Qué ruido habitaba en tu cabeza

para que tu voz callara,

mientras yo estaba esperando 

que aquello se terminara?


¿Era inevitable

destrozarme tantos días

hasta que te señalé la puerta 

para que de mí te alejaras?

Me mataron tu cobardía, tu egoísmo, 

tu inseguridad, tu orgullo...

Y me dio pena ver en tus ojos

tantos y tantos traumas.


¿Era obligatorio 

atestar esa puñalada

cuando yo ya sabía todo?

¿Qué pensabas mientras me herías?

¿Alimentar más mi angustia

echando hielo en mi alma?

¿No bastó con humillarme

dentro de mi propia casa?


¿Era imprescindible

que me rompieras entera 

en miles de cachitos

cuando ya no te interesaba?

Yo los fui recogiendo uno a uno.

Tú, huiste, con la cabeza bien baja.

Hasta en eso fuiste miserable.

Yo soy corazón y fuerza. 

Tú, tú no vales nada.


¿Era indispensable

matarme con tu silencio

negándome la palabra?

¿No merecía que, 

tú que tanto me llamaste amor,

al menos, una vez, me hablaras?

En eso también fallaste,

ni siquiera como hombre,

sino como ser humano,

hiriéndome mientras ya sufría,

cuando tú me despreciabas.


Y, fingí muchas sonrisas,

mientras moría por dentro,

y, entendí que no me mereces.

Que ES NECESARIO 

olvidar que existes

para no seguir viendo tu caída

porque duele verte sin rumbo.

Que ES INEVITABLE

enterrarte en un lugar del mundo

donde nunca pase nada,

como en tu cabeza enferma

llena de barro y de tinta usada.

Que ES OBLIGATORIO 

recordar tus traumas y tus miedos,

esos que en tu espalda cargas,

de los que eres prisionero

y tú no les plantas cara.

Que ES IMPRESCINDIBLE

hundirte en un océano

de turbias olas

con tu pie amarrado a un ancla,

para que nunca utilices

a otra mujer,

para probar si esa soledad que quieres

es la que te hace falta.


Pero, sobre todo,

busqué pasar página.

Cerrar bien tu libro y enterrarlo

en un túnel negro 

de historias abandonadas,

donde no dejen rastro

ni siquiera tus pisadas.


Y, a pesar de todo, ¿sabes qué?

Pensando también pensé

que no me arrepiento de nada:

ni de haberte amado,

ni de haberte dado todo lo que soy

y lo que tengo,

porque a ti un amor verdadero,

te hacía mucha, pero mucha falta.




14 de diciembre de 2025

Recuerdos incompletos

 MI INFANCIA CON MI HERMANA


Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, vivíamos en el barrio de Las Delicias, en Valladolid, un barrio nuevo en construcción en aquellos años sesenta que era, fundamentalmente, obrero. Allí fuimos también al colegio, que estaba en la misma calle en la que vivíamos, que primero se llamó calle Ávila y después calle del Aaiún. En una calle paralela a la nuestra vivían mis abuelos maternos, a los que veíamos prácticamente a diario. A veces nos íbamos a su casa por la tarde para no estar solas en la nuestra y, otras veces, era mi abuelo Félix el que se iba a la nuestra a cuidarnos hasta que llegaban mis padres de trabajar.

Por aquel entonces, los niños bajaban a la calle a jugar, mientras merendaban. A nosotras no nos dejaban si no estábamos con algún adulto. Mis padres tenían miedo de que nos pasara algo. Cuando nació la pequeña, yo ya tenía casi catorce años y nos trasladamos a una casa más céntrica y más grande, lejos de nuestro primer hogar, aunque yo continué yendo a mi antiguo barrio a ver a mis abuelos los fines de semana, durante cinco años más, hasta que murieron. Hacía mucho que no iba por allí, pero por lo que me habían contado, el barrio había cambiado mucho y no para bien. Hace casi tres años pude comprobarlo cuando pasaba por allí para ir al hospital donde falleció mi madre cuando no iba en coche, sino en autobús. Me dio pena verlo así porque durante mi infancia las calles estaban llenas de gente joven y niños que envolvían todo con su alegría y su alboroto.

Nuestra casa tenía dos habitaciones, un salón-comedor, una cocina y un baño. La casa era cuadrada y no había en ella un centímetro desperdiciado. Lo único pequeño era el balcón, que tenía el tamaño de una cabina telefónica de las de entonces. A mí me encantaba. Ahora sería un apartamento precioso. Todas las estancias eran grandes y la cocina daba a un patio de vecinos de esos que al final acababan convirtiéndose en casi familia y con los que mis padres nunca perdieron el contacto mientras vivieron. Tampoco yo, y más cuando pasé tanto tiempo en Valladolid con mis padres. A día de hoy, sigo hablando con los que viven aún y me tratan con tanto cariño que no puedo más que estar muy agradecida.

En aquel patio de vecinos, un día de verano, alguien tiró, o se le cayó, un bote de medicinas. A mí también se me había caído una pala que sujetaba la persiana para que no entrara calor y bajé a por ella. En el suelo vi aquellas pastillas redondas amarillas, que a mí me parecieron caramelitos de limón y me los subí a casa. En esos días, mis padres estaban pintando la casa y mi madre nos acostó la siesta a mi hermana y a mí en su cama. Yo saqué los caramelos y, por cada uno que le daba a ella (sería porque era pequeña), yo comía dos. En un momento dado nos empezó a salir un sarpullido feo en el cuerpo que picaba mucho y mi hermana comenzó a llorar. Entonces, yo me levanté, cogí una pomada de la caja de medicinas que mi madre guardaba en un altillo del armario, que a saber para qué era, y nos frotamos bien las dos las piernas, la barriga y los brazos. Aquello empeoró bastante más, así que no me quedó más remedio que ir a buscar a mi madre, que casi se cae al suelo desde la escalera, del susto, cuando nos vio de aquella guisa. Conclusión: llamó a mi padre, y nos llevaron directas a hacer lavado de estómago. Puede parecer mentira, pero recuerdo con total lucidez toda la secuencia como si hubiese ocurrido ayer.

Nuestra habitación, que nuestros padres pintaron de azul, saltándose el tópico del rosa de las niñas, con dibujos dorados que brillaban, aunque aquí no se puede apreciar, era nuestro refugio. Nos acompañan Bambi y la muñeca azafata, que no recuerdo si era suya o mía. Mis padres nos pusieron camas de 105 cm, pues decían que las otras eran muy pequeñas y no se dormía bien. Mi padre siempre fue de esos de burro grande, ande o no ande. Y todo de lo mejor. 

Desconozco los motivos, pero mi madre a mí me llevaba con el pelo hasta la cintura (con los consiguientes ayes qué suponía desenredarlo), con mi flequillo y casi siempre trenzado (a mi madre no le gustaban las coletas), y mi hermana siempre iba con el pelo corto, pero corto, corto. Cosas de madres. La ropa siempre nos la compraban en una tienda para niños de la calle Santiago, o nos la hacía una modista, al gusto de mi madre, que era siempre exquisito. Había veces que nos compraba vesridos o faldas del mismo modelo, pero siempre de distinto color, para que cuando heredara mi hermana la mía, al menos no fuese idéntica a la que ella había gastado. Con el tiempo se quejó, creo que con razón. Si hubiera sido al revés, seguro que yo habría montado algún pollo...

Ver esta foto hoy me ha traído todos estos recuerdos. Mi hermana era muy buenecita y yo un terremoto. Cuando jugábamos, yo mandaba: si yo era la maestra, ella la alumna; si yo era la vendedora, ella la que compraba... También es verdad que en el colegio también yo era la hermana salvadora a la que acudía si alguien se metía con ella. A que llamo a mi hermana, decía... A saber qué pensarían las otras niñas de mí...

Es curioso, pero cuando me presentaba a alguien, siempre decía “esta es mi hermana, la mayor...”. ¡Qué cosas! 

Ahora este recuerdo ya no podrá ser nunca completo. Tampoco quiero, aunque en soledad siempre me sale una sonrisa cuando miro hacia atrás... Sé que a mis padres les gustaría que yo no lo olvidase.


👧🏻🧒🏻

29 de noviembre de 2025

Noviembre

Hay ayeres malvados que te mueren,

a golpe de amarguras y caídas.

Olvida y abandona aquel presente

y sana para siempre aquella herida.


Pasa el tiempo y un día te sorprende

un espejo mostrando una sonrisa,

y otros ojos te miran nuevamente

llenando de ternura tus caricias.


Si un soplo de aire frío te eternece

y dejas que te envuelva su desidia

con su truco de magia te adormece.


Será tu corazón quien cada día

cuide la llama que prendió valiente

la candela del fuego de tu vida.


Madrid, 28 de noviembre de 2025

17 de julio de 2025

Mientras dormías.

Me navegas en tu barco cada día

mientras rompes oleajes en mi playa.

Nos miramos a los ojos incendiados

con el fuego abrasador de nuestros cuerpos,

comenzando el delirio de nuestra danza.

Arremetes, acaricias, besas miel,

y tus manos buscan en mi oasis,

la arena fina de mis dunas doradas.

Me desgranas, me suspiras, me ardes llamas,

con el tacto de tu aroma en mis oídos,

arrancando suaves quejidos en mi garganta

cuando bebo el gusto jugoso 

de tu alocada boca,

en el viento que me arrulla a cada instante, 

complaciente de ternura en nuestra cama.


Y cuando acaba una tormenta

otra nueva ya se ve en el horizonte.

Es tu nave la que surca las olas,

cadenciosa y serenamente,

hacia cada espacio de mi cuerpo y de mi alma.

Y se encuentran, una vez más, 

hechas fuego, tu piel y la mía,

desatando otra oleada de espuma compartida

en nuestro océano de algas enredadas.

Es cada una de las veces, amor, 

esa llama encendida

que prende, que ilumina y que da vida,

tu mirada mirando mi mirada.



11 de noviembre de 2024

¡Cómo va pasando el tiempo! Poema de juventud.

¡Cómo va pasando el tiempo!

Se escapa de entre mis manos.

Ayer no es ya sino historia.

Mañana pronto ha acabado.

Los minutos ya no existen.

Ni siquiera los nombramos.

¡Cómo va pasando el tiempo

mientras vivimos y amamos!

Pero cuando el sufrimiento

corta el camino trazado,

el reloj se para,

no corre,

no nos contagia su paso.

Y los días son eternos,

los segundos se hacen años

hasta que un día amanece

y se va de nuestro lado.

¡Cómo va pasando el tiempo

sin apenas cuenta darnos

y dejamos por vivir

mil historias que han volado!

Ya no volverán los días

que de juegos nos llenaron,

ni habrá ya un primer amor

que nos cobije en sus brazos.

Mas latiendo el corazón

no está todo terminado

y, aunque va pasando el tiempo,

no todo el tiempo ha pasado.


Valladolid, 1986.



8 de noviembre de 2024

Las historias escritas.

MICRORRELATO

Aquellas palabras, escritas con un amor sin medida, parieron una historia. Cuando tuvieron forma y estaban listas para entrar en el corazón de las personas, buscaron un lugar con un tejado firme para cubrirse de las inclemencias de los hombres y mujeres de cabeza hueca, pero el viento arrollador de unos bárbaros arrasó con todo. Con todo, menos con ellas, porque la historia que habían escrito vivían ya al cobijo de algunas mentes lúcidas que nunca las dejarían morir.

23 de octubre de 2024

Los listillos 😊

LOS LISTILLOS 😖

Con la edad, cada vez me paro más a observar lo que hace la gente a mi alrededor e intento adivinar los motivos que llevan a algunas personas, familiares, amigos o conocidos, principalmente, a creer que son más inteligentes que tú, cuando en realidad son solo unos listillos resabiados y, la mayoría de las veces, aprovechados y malas personas. Algunos, incluso, son verdaderos profesionales de la desvergüenza.

Me hace mucha gracia esa gente que se pasa el día alardeando de haber contestado tal o Pascual (de malas maneras casi siempre porque de educación andan escasitos), armándose de razón porque la otra persona no le ha replicado, sencillamente porque se da cuenta de que no merece la pena, porque sabe que su nivel intelectual está un poco limitado o porque intuye que, como van sobrados de mala leche, se va a liar un pollo de cuidado y prefiere dejarlo estar; o aquellos que se ríen a carcajada limpia cuando se cuelan en una fila porque les parece que así son más desenvueltos y sagaces que los demás, sin pararse a pensar en lo incívico de su actitud; o los que se aprovechan del trabajo de otros y se regodean de ser la rehostia de listos por no haber dado un palo al agua y haberse llevado las palmaditas en la espalda, llegando, incluso, a ofrecer ese trabajo a otras personas, como si fuera de su propia cosecha, cuando en realidad, ni siquiera saben cómo meterle mano; o los que no respetan las normas ciudadanas básicas porque no conocen la palabras empatía, respeto y solidaridad, entre otras, ya que siempre hacen lo que les va bien a ellos en cada momento y en cada lugar; o esos que no se acuerdan de ti nada más que cuando necesitan que les resuelvas algo y te pasan el jabón por el lomo creyéndose que picas ante el peloterío precedente a lo que realmente van a buscar; o los que pretenden utilizarte para llenar los huecos vacíos en su calendario; o los que lo saben todo y todo lo discuten, aunque no sepan de casi nada, pero lo que dicen ellos va a misa; o los que se pasan el día dando pena para preparar el camino y ver si te la cuelan y les solucionas, con toda tu buena fe, algún problema económico; o los que aprovechan un regalo bonito que les has hecho con todo el cariño para endosárselo a otro porque así no gastan dinero y, cuando ellos te hacen el regalo a ti buscan y rebuscan hasta dar con lo más barato (así de cutres son); o los que nunca llevan dinero encima a la hora de pagar o, en ese mismo momento, les entran ganas de ir al baño; o los que aprovechan para comer y beber lo más caro de la carta solo cuando saben que se va a pagar a escote; o los que te dejan de hablar porque les incomoda verte la cara después de haberse portado contigo como unos sinvergüenzas...

Y todo ello lo hacen levantando bien la cabeza para que todo el mundo sepa lo listos que son, aunque, en realidad, solo muestren una cara más dura que el cemento armado. Se enorgullecen de su listeza y, de paso, creen que que los que están enfrente son tontos, simplemente porque se callan, todo ello sin sin darse cuenta del inmenso ridículo que hacen (o sí, que ya se sabe: dame pan y llámame perro).

Y, claro, cuando alguien se harta y les saca los colores al decirles que ya no cuela, inmediatamente pasan al ataque, borde y poligonero casi siempre, porque no soportan ver que has dejado al descubierto su ignorancia, su caradura, su soberbia, su raterío o, lo que es peor, su maldad. Y entonces, pasas a ser el malo. O la mala. 

A mí los listillos nunca me han aportado más que decepción (a veces, también risa), al ver sus formas de actuar tan ridículas, tan retorcidas, tan chabacanas o tan aprovechadas. Y, casi siempre, tan burdas y descaradas.

Algunas de esas personas, antes muy queridas, ahora me dan mucha pena. Solo pena. Y, a veces, risa, mucha risa. ¡Ah! Y ya no me callo… 😊



10 de noviembre de 2023

La carta que nunca te escribí, Crohn

 

Llegaste a mi vida sin permiso

en forma de río inabarcable,

de meteoritos que rompían mis entrañas,

de huracanes maquiavélicos de viento,

de mares violentos de cristales,

con sangre que manaba de mi vientre

haciendo de mis noches y mis días,

un manto de ceniza insoportable.

 

Tomé la decisión de detenerte,

y alcé un muro para frenar tu avance,

mas, enfurecido, comenzaste a vomitar

de mi abdomen las piedras curativas

como expulsan los volcanes,

furiosos y voraces, su lava incandescente,

partiendo en mil añicos mis glaciares

abruptos, exhaustos y malheridos,

en una cruenta guerra en la que yo,

no permitía que de mi cuerpo

pudieras llegar a alimentarte.

 

Y lleno de indignación, enojo y rabia,

decidiste que entraran, una y otra vez,

los cuchillos afilados en mi cuerpo

como castigo cruel a mi valor,

a mi osadía y a mi constancia,

partiendo en mil pedazos mi universo.

 

Y yo me armé de un valor desconocido,

buscando mi venganza en mil batallas

para que en la mutilación de mis caminos

no pudieras ni vencerme, ni engañarme, ni abatirme,

ni exigirme con tu clásica soberbia

que mis manos blandieran una bandera blanca.

Y no te dejé colocar tu espada en mi cabeza,

ni que borrases de mi rostro la sonrisa,

ni que consiguieras, a pesar de tus esfuerzos,

que te odiase, porque no estaba sola en esa guerra.

A mi lado había gente que me amaba

y que hacía de mi mar, un mar en calma.

 

Y mientras tanto, silenciosos, mis soldados interiores

se aliaron con ejércitos de gente sanadora

que hacían de mis breves despertares

miradores de horizontes de la vida

que tenían todo el peso en mi balanza,

y ahuyentaron con el humo de su hoguera

cualquier atisbo de ataque a mi esperanza.

 

Y aquí estamos ahora, tú y yo, en punto muerto.

Yo te muestro mi indiferencia y tú,

tú no avanzas.

No somos amigos, no, ni lo seremos,

que con tu forma de ser casi me matas.

Pero sí sé que estarás ahí dentro, al acecho,

esperando que aflojen mis defensas,

y me hallarás siempre mirándote a la cara.

No te quiero ni ver, pero te veo, cruel enemigo,

aunque, ¿sabes qué?

Jamás podrás llegar a mi alma.

2 de septiembre de 2023

Un cero para el primero


 2️⃣ / 9️⃣ / 2️⃣0️⃣2️⃣3️⃣ 👩‍🏫

Hoy hace un año desde que me jubilé. 

Este verano me preguntó mi amiga Marga qué valoración le daba de cero a diez a este primer año sin ir a trabajar. Mi respuesta fue inmediata: CERO. 

Cero a pesar del amor de mi pequeña familia; cero a pesar de mis viajes; cero a pesar del cariño de mis amigos; cero a pesar de mi Atleti; cero a pesar de los libros leídos, de los conciertos y del cine y el teatro disfrutado; cero a pesar de la música sanadora, CERO. Este año he perdido a mi madre y eso hace que sea mi "annus horribilis" particular. 

Sería injusta si dijese que no me han ocurrido cosas buenas y que no he vivido momentos bonitos. Sería injusto decir que no he reído. Claro que sí, pero este 2023 he perdido mis raíces, mis ramas y mis hojas. Y he llorado, sigo llorando muchísimo.

Ahora yo soy el tronco y me aferro a la raíz que yo misma planté, de la que salen las flores más bonitas y hacen que mi jardín sea verdaderamente hermoso. Además, está adornado de algunas otras plantas con las que comparto la savia de la vida y al que se han añadido otros árboles que me dan sombra cuando el sol me quema de verdad y me seca sin remedio.

Espero que este nuevo año de jubilada que comienzo hoy sea tranquilo, familiar, divertido, amoroso, activo, saludable y viajero, porque a pesar de que en mi corazón hay ya huecos importantes (mis padres jamás serán un hueco porque su espacio está lleno siempre), sé que tengo que continuar mi vida como hasta ahora, siendo igual de generosa, transparente, familiar y honesta. Eso es lo que mis padres desearían que hiciese y eso haré.

A todos los que se han alejado y han abusado de mi buena voluntad, gracias porque me han enseñado que no todo el mundo merece mi preocupación ni mi cariño. De los errores también se aprende. 

A los que estáis en mi vida, mil millones de gracias. Eso no hay dinero que lo compre. Os quiero. ♥️